Por José A. Toledo

A medio “Guatemalan Spring 2015” me topé con una lectura muy interesante en la cual el autor se cuestionaba si era posible “fomentar una sociedad democrática en un ambiente suburbano carente de espacio público”. Hace un año jamás le hubiera puesto atención a la lectura ni al contexto en el que estaba esa frase, pero siendo tiempos distintos me pareció que reflexionar al respecto no estaría mal. Así que acá estoy yo, reflexionando.

¿Qué quiere decir eso entonces? Tal vez que si no compartimos en comunidades más estrechamente relacionadas no compartimos nuestras inconformidades. O tal vez que el hecho de vivir en suburbia nos aisla de lo que sucede afuera o, tanto peor, nos desconecta de las ideas y pensamientos de una gran variedad de personas. Al final, las comunidades virtuales que hoy existen (Facebook, et al) vinieron a suplir lo que en efecto ha sido un creador de burbujas: la vida individual, sin participación en lugares comunes, abstraída del resto y preocupados solo de lo que está dentro de nuestras cuatro paredes. Las cuatro paredes pueden ser de nuestra casa o del condominio, pero separados del resto.

El despertar del pueblo, el renacer de la sociedad democrática, no necesariamente estuvo ni  va estar condicionado a que repentinamente nos reunamos todos en espacios públicos. Sin embargo, la carencia de éstos se siente y se pide a gritos. Las comunidades solamente florecen cuando hay interacción, cuando el “facetime” es presencial y no en pantallas, cuando existen y se fomentan las relaciones. De esas interacciones surgen ideas, conceptos nuevos, discusiones con sentido, motivaciones a tomar acción, sea individual o colectiva. Sobre todo, vernos así nos pone en evidencia la diversidad que alimenta a la sociedad. Para tener el país, la sociedad, la vida que queremos tenemos que participar, involucrarnos y tomar acción. La vida en común propicia eso, no podemos quedarnos aislados. Busquemos la manera de encontrarnos en lugares que construyan ese espíritu.

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