por Jaime Castillo

La ciudad de Guatemala no son los edificios, es la gente. Su esencia no es el concreto ni el acero, son las vidas de quien habitan en ella; sus deseos y sus sueños;  sus necesidades y sus demandas. Sin embargo, necesitan de un espacio físico para que se desarrollen: el entorno urbano.

Sin duda alguna, las mejores ciudades son aquellas que sobre todo, se ponen al servicio de la vida.

Vivo en Guatemala desde hace sólo dos años, pero no hay más que ojear el horizonte por un instante para darte cuenta que su urbanismo no está al servicio de la gente. Las eternas deficiencias urbanas como el tráfico, la seguridad, o la centralidad, son la clave hacia el éxito, pero a la vez los problemas más complejos de resolver. Requieren ser sistemáticos, ordenados y muy flexibles. Tres cualidades, que asociadas a la idea de “hacer ciudad”, nos dirigen a una utopía urbana con la que muchas veces hemos soñado.

Quizá para mí, el problema más atractivo es la centralidad de una ciudad; la activación urbana, la vida de barrio, en donde se enredan una multitud de trayectorias personales. Cuando hablamos de centralidad, hablamos de concentración de actividades residenciales, comerciales, educativas, culturales, etc. Huimos de la zonificación, de la sectorización, del condominio cerrado y del temor a la falta de seguridad que reina en Guatemala.

Esta ciudad soñada hacia la que poco a poco se dirige Guatemala, necesita de una metodología de actuación, de un urbanismo que se amolde a las condiciones existentes y un enfoque adaptativo para activar la ciudad en desuso.

Ya existe una necesidad que nos plantea la gestión de las políticas públicas y municipales, no solo el urbanismo en sentido estricto, sino a la realidad de espacios de oportunidad en desuso y la necesidad de activar cualquier recurso de la ciudad en abandono o no optimizado.

No hay que crear nuevos espacios que solucionen nuestra manera de vivir la ciudad, hay que recuperarlos.

Podríamos establecer una metodología básica de actuación: Localización de lugares con dificultades prácticas, análisis de sus dificultades prácticas y búsqueda de usos potenciales de cada uno.

Estos ESPACIOS SUSCEPTIBLES DE ACTIVACIÓN podrían ser lonjas o mercados de uso comercial sin actividad ni salida al mercado inmobiliario. Terrenos baldíos y espacios abiertos con diferentes grados de abandono. Espacios públicos totalmente funcionales y en buenas condiciones que puedan albergar actividades, instalaciones temporales y sirvan de punto de interés en la vida en la ciudad. Edificios industriales en desuso que puedan acoger actividades compatibles con su estado actual. Callejones y otros espacios residuales que, a pesar de su uso como espacio público, de tránsito y de disfrute, son escasamente utilizados por falta de iluminación pública, falta de mobiliario urbano, etc.,  y que con pequeños proyectos y otras intervenciones ligeras, puedan tener un mayor uso ciudadano. Mobiliario urbano en desuso, que pueda ser intervenido y modifique su uso, mejore su utilidad o cree nuevas posibilidades de utilización.

Todos ellos comparten una característica: son grandes recursos, capaces de devolver beneficios a la ciudad, ya sea de manera económica con actividades cívicas o dando forma a proyectos urbanos colectivos.

 

También existen otras variables  o dificultades a tener en cuenta. La escala de estos espacios dentro del entorno. Definir qué tipo de uso tendrá: comercial, industrial, residencial, etc. Su situación actual: están abandonados, subutilizados, u operativos. Si son de propiedad pública, privada o de uso comunal.

Son muchas las posibles FUNCIONES QUE PUEDEN ACOGER ESTOS ESPACIOS: arquitectura efímera, arte público, actividad física, exposición cultural, proyecciones visuales, prototipos de tecnologías y diseños, emprendimiento, actividades sociales, usos comerciales, arquitectura móvil, ocio, restaurantes, reflexión en espacios inesperados, producción cultural, huertos solares, sostenibilidad, mobiliario urbano, comercio minorista, huertos urbanos, calidad del espacio público, actividades colaborativas, servicios socioculturales, etc.

Pongámonos en el peor de los casos. En un mundo ideal, supongamos que llegamos definir un pequeño proyecto de activación urbana, por ejemplo un Mercado Gourmet o un centro cultural. Ya sabemos de quien es la iniciativa, quien regula, quien desarrolla, quien financia, quien gestiona, quien usa, quien cobra, quien mantiene, etc. Es decir, las cosas básicas para emprender un proyecto.

Después, el proyecto se lleva a cabo y fracasa totalmente: El proyecto no se está cumpliendo la función esperada, no sirve a la comunidad más cercana a la que pretendía servir, se muestra rígido a la hora de acoger usos complementarios, impide cualquier otro uso alternativo, sus propietarios no están recibiendo el retorno que esperaban o no consiguen financiación para hacerlo realidad.

Una manera clara de evitar esta situación reside en LA IMPORTANCIA DEL PROCESO MÁS QUE EL RESULTADO. El proceso sobre cómo activar un determinado espacio es el propio fin de este tipo de actuaciones. La mejor definición de urbanismo adaptativo incluye el proceso constante y las actuaciones temporales, ya que si fracasan, solo es cuestión de esperar un nuevo concepto que se adapte a las circunstancias del momento y lo reactive.

Llegados al punto de la puesta en marcha, las opciones pueden ser muy variadas. La Municipalidad puede plantear una apuesta estratégica muy fuerte, abarcando desde el inicio un gran número de espacios. Pero también, puede enfocar su planteamiento desde una perspectiva más realista a través de experiencias piloto, que en caso de resultar exitosas, faciliten el crecimiento orgánico de este tipo de actividades. Otras ciudades han tomado la iniciativa de convocar concursos urbanísticos con diferentes alcances, condiciones y resultados, ya sea por iniciativa municipal o de impulsores privados,  enfocados a la reactivación y exploración de espacios. 

 

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