por Marielle Samayoa

Una utopía es un lugar o estado imaginario ideal en cual todo se denomina como perfecto, si tan solo la sociedad también lo fuera. Si algo tenía claro desde pequeña era que mi país, Guatemala, y por lo tanto el mundo no estaba ni estaría conformado por una humanidad perfecta. Hace poco reafirmé este pensamiento al mudarme a Tokio en Japón durante seis meses. Una ciudad que, ante mi criterio era verdaderamente utópica. No obstante, Tokio se convirtió en una ciudad contraria a mi pensamiento inicial y en vez, Guatemala comenzó a resaltarme como una ciudad con una infinidad de más y diversas oportunidades. Este drástico cambio de pensamiento conlleva una larga explicación de la cual pudiera tomarme días en desmantelar, pero por ahora me gustaría compartir una pequeña parte de mi maravillosa y controversial experiencia en la cuidad más metropólita del mundo y cómo fue que en tan sólo medio año regresé a donde menos me esperaba: mi bella Guatemala.

Después de graduarme como arquitecta en el extranjero, decidí aceptar dos trabajos de pasantía en dos distintas y prestigiosas firmas japonesas de arquitectura. Comenzaría trabajando como “intern” con el fin de quedarme trabajando por más años en Japón. Siendo una persona que, curiosamente, vive plenamente cuando se encuentra fuera de su zona de confort, consideraba esta oportunidad como un sueño hecho realidad. Aparte, la arquitectura moderna japonesa siempre había sido de mis favoritas y de la que más añoraba en vivirla y aprenderla. Aun así, sabía que la experiencia que me esperaba en este país iba a ser uno de los retos más difíciles que enfrentaría en mi vida. Estaba preparada para trabajar horas demandantes y formar parte de una cultura totalmente diferente a la mía; pero el hecho que serían complementadas con una exposición hacia un tipo de arquitectura única y espectacular me convencían en emprender con este reto a ciegas. Y así lo fue; cada momento era inundado de experiencias y sentimientos encontrados que me retaron como persona tanto en el ámbito laboral como en aspecto personal.

Había estudiado y trabajado en cinco diferentes ciudades del mundo- Guatemala, Lyon, Boston, Berlín y Nueva York – las últimas cuatro en las cuales fui afectada por shocks culturales. Como consecuencia, estaba lista para sentir un shock más agresivo en Tokio, pues conllevaba una mudanza a un nuevo continente y a una cultura que desconocía. Sin embargo, mi llegada a la cuidad más grande del mundo, tanto en población como en expansión territorial, fue increíblemente fácil a pesar que no dominaba el idioma ni mantenía contactos de confianza en la cuidad. Sin comprender como ni por qué, me sentía familiarizada con la ciudad y sus sistemas. Esto fue lo que al inicio me causó asombro y placer, pues sentía que Tokio era verdaderamente una ciudad perfecta para su ciudadano. Es increíblemente avanzada, la infraestructura es eficiente para el usuario y lo más importante, el usuario la respeta; los servicios son de primera, el honor y reverencia, tanto en gestos como en conducta, entre ciudadanos reina entre sus calles y espacios urbanos. Nunca había estado expuesta a una conducta socio-cultural en la cual todo funcionaba bajo un estándar impecable.

Desafortunadamente, mi percepción de un Tokio utópico fue gradualmente cambiando mientras yo me sumergía poco a poco en su cultura y régimen riguroso de labor y de vida. Normalmente, mi transición con cada mudanza anterior era inicialmente retadora, pero conforme el tiempo pasaba me sentía más cómoda en el contexto nuevo en el que me encontraba. Tokio fue lo opuesto. Sentí una transición sutil y maravillosa pero que, mientras las semanas transcurrían se volvía más pesada. Inmediatamente entendí el por qué: en Tokio el ciudadano vive una verdadera infelicidad. Esto lo veía no sólo en los 70 suicidios promedios que diariamente se llevan a cabo, sino también en los “salaryman” durmiéndose todo el tiempo en el metro, trabajando 14 o más horas diarias, embriagándose después del trabajo y perdiendo los últimos trenes a sus casas por lo que se veían forzados a dormir en las calles. Esto genera poca convivencia familiar y social, adicional al legible sexismo entre hombre y mujer que desalienta a las mujeres emprendedoras (ni mencionar la falta de CEOs femeninos). De todos estos, el más lamentable era la falta de amor genuino entre la sociedad y su trabajo, familia o cualquier tipo de actividad rutinaria. No comprendía como era posible que Tokio, tenía todo lo que yo podía añorar en una ciudad, pero el ciudadano parecía sufrirla en vez de disfrutarla. Mis sentimientos encontrados se basaban en que me sentía contenta con la oportunidad y lo fascinante que era el país, el idioma, su folklore y tradición, pero la calidad y estilo de vida que la gente llevaba iba totalmente desalineada con la que yo deseaba tener.

Está claro que el trabajo es algo importante en la vida, pero no es necesariamente lo que nos tiene que definir. En vez, nosotros definimos nuestro trabajo con el aporte de nuestro liderazgo y múltiples talentos. Personalmente, considero que el trabajo debería de ser nuestro medio para expresar nuestros sueños y metas y por lo tanto emprenderlos para un bien común o mayor. En Tokio notaba como todo se hacía robóticamente por labor, bajo sombras jerárquicas, dominantes y oscuras que mantenían a los ciudadanos exhaustos y privados de una vida de libre expresión. Como resultado, yo misma participaba en este tipo de comportamiento, pues estando en un país lejano y totalmente desconocido me sentía vulnerable y, por ende, seguía las reglas como cualquier otro “Tokyoite”, intentando controlar las ganas de cuestionar y retar al sistema. Esto me llevó a un conformismo del cual yo nunca he estado de acuerdo. No lograba explicarme y comprender cómo era que me enamoraba de Japón y sus ciudades, pero simultáneamente me desmotivaba más imaginar mi vida allí.

Las horas intensas de trabajo (entre 13-16 horas diarias para ser exactas) me limitaban a conocer la ciudad a diario, por lo que los fines de semana (si es que no los trabajaba) lograba viajar y conocer un poco más. Como arquitecta, mis puntos de interés no eran necesariamente los más turísticos, sino en visitar los proyectos arquitectónicos que habían sido diseñados por los mejores arquitectos japoneses. Estas visitas fueron mis experiencias más memorables en este curioso país. Comprendí que los espacios cuidadosamente diseñados pueden completamente influenciar un comportamiento socio-cultural. La buena arquitectura puede inspirarnos a trabajar mejor, a pensar con más profundidad e inclusive a alentarnos en determinar metas más desafiantes y alcanzables. Los espacios de los que nos rodeamos pueden definirnos, y sin darme cuenta, estos espacios comenzaron a definirme a mí. Me fui enamorando más de la arquitectura como doctrina y fui identificando más mis metas a pesar que cada día sentía la vida rutinaria volverse más pesada en Tokio. Entonces, decidí que ese mismo amor por la arquitectura y el deseo de vivir y ayudar a proveer una mejor calidad de vida, consistía en regresar a Guatemala. Si lo que me mantenía motivada en Japón eran sus tejidos urbanos y espacios admirables, pero no el estilo de vida, sabía que en Guatemala se podía encontrar el balance ideal.

Las oportunidades para avanzar y contribuir para ver Guatemala crecer son vastas y prometedoras. Noto que hay un hambre voraz, especialmente en los jóvenes guatemaltecos de toda clase social. La motivación e iniciativa está presente en esta ciudad y creo que todos estamos dispuestos en tomar al país de la mano y llevarla hacia arriba. Tokio no es una ciudad utópica, así como Guatemala tampoco lo es; pero asombrosamente Guatemala tiene espíritu, expresión y un carácter genial. A pesar de mi fascinación con Tokio, creo que la solución no está en imitar este último como modelo en Guatemala, si no en tomar las oportunidades y crecer con ellas para fortalecer una identidad urbana. Como ciudadanos, debemos fomentar mejor arquitectura, mejor diseño, apoyar proyectos urbanos, ser partícipes de innovación y estar orgullosos de los avances que poco a poco van resaltando en esta ciudad. Los chapines admiramos, apreciamos, apoyamos y respetamos las cosas que amamos; y estoy clara que amamos nuestra ciudad. Es por eso que me pregunto, ¿Qué preferimos, una ciudad perfecta con ciudadanos infelices o una ciudad imperfecta con ciudadanos felices en busca de mejorarla?

 

 

 

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