por Katia Montenegro

En Guatemala vivimos en la eterna pregunta del huevo o la gallina, y en cuestión del uso del espacio público la cosa no varía demasiado. ¿Qué pasó primero?  La ciudad creció desmesuradamente y sin mayor planeación de espacios públicos, o nosotros temerosos de las circunstancias nos segregamos en burbujas comerciales/residenciales y por ello “no los buscamos”? Puede que sean ambos, pero lo cierto es que existe en nuestros barrios una enorme escasez de convivencia, y es precisamente en estos espacios donde la magia sucede.

Los espacios públicos van más allá de espacios-destino o recreacionales que pensamos casi inmediatamente como parques o plazas; espacios públicos son también todas las áreas de uso y acceso libre, como calles, aceras, arriates, parqueos, puentes etc., que tanto como los primeros, tienen la capacidad de ser excelentes destinos por sí mismos.

En la ciudad de Guatemala contamos con un sinfín de espacios públicos; varios activos, MUCHOS inactivos y otros potencialmente geniales. A menudo cometemos el error de suponer que muchos de ellos son mal administrados por las autoridades por encontrarse abandonados o con usos indeseables, pero que a ellas corresponde y no tiene relación alguna con nosotros los usuarios. Atribuimos a las circunstancias de inseguridad y a las fórmulas constructivas introvertidas y amuralladas nuestro comportamiento antisocial acorde, cuando en el mayor de los casos somos nosotros mismos con estas actitudes repetitivas e incuestionadas quienes propiciamos la permanencia de esta desafortunada situación.

En plena era de la información, fácilmente podemos identificar cómo ciudades similares a la nuestra (quizá ya un poco más adultas) han trasgredido el mito del muro seguro o del condominio vertical. Vemos un D.F. revitalizando barrios completos a puerta abierta y una Bogotá bastante más segura con diversas ofertas públicas para todos y con tanta más libertad. Podemos concluir que hoy, en nuestro caso,  el verdadero problema radica en el aún escaso  involucramiento por parte de las personas para convertir estos espacios en verdaderos lugares, y a esos vecinos desconocidos en verdaderas comunidades; es esta apatía la que ahora nos toca confrontar.

Un espacio, o mejor dicho, un lugar público revitalizado implica la presencia de personas haciendo uso positivo del mismo. Es un destino con propósitos y atractivos que funcionan como puntos de convergencia y de convivencia comunal, donde suceden intercambios de ideas, actividades y recreación.

Los cafecitos, las tiendas y servicios a nivel del peatón, las plazas abiertas y espacios en donde sentarse para ver a la gente pasar. Estos lugares donde todos velan por el bien y el sustento de su entorno y de sus vecinos, protegiendo su sentido de pertenencia, son estos los lugares donde se generan las comunidades saludables y sostenibles que tanto necesitamos.

A medida que la ciudad crece, la necesidad de densificar las zonas centrales se hace cada vez más evidente, pero no por ello podemos continuar con actitudes conservadoras tradicionales y patrones constructivos invasivos que, lejos de promover, desincentivan la aproximación peatonal y niegan la vitalidad urbana. Estas áreas que hoy todavía se dan por inútiles o poco productivas, adquieren cada día un mayor valor y son cada vez más deseables y atractivas para el mercado inmobiliario.

Ya es importante considerar como urgente que todos adoptemos un poco de este compromiso, ya sea creando propuestas proyectuales mas amigables al entorno humano, o simplemente apoyando iniciativas en pro de la causa.

Es imprescindible para reapropiarnos de nuestra ciudad que todos, de una u otra forma, nos informemos y participemos en reactivar positivamente nuevos espacios públicos, y que no desaprovechemos las oportunidades para generarlos cuando se nos presenten. Considero que así como las ciudades son tal vez  el mejor invento del ser humano, los espacios públicos son su herramienta esencial para mejorar nuestra calidad de vida y, consecuentemente, de las mejores herramientas para potencializar nuestro desarrollo colectivo.

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